Desde que me mudé a la nueva casa de Irlanda no dejan de
desaparecer cosas. Se ha convertido en una molesta costumbre con la que me toca
lidiar casi a diario. Pero hasta ahora solo desaparecían pequeñas cantidades de
comida, algo brillante, algún calcetín especialmente colorido… Nunca había
desaparecido algo realmente valioso. Nada que hiciese pensar en algo serio,
como mucho una rata excesivamente codiciosa.
−
¡María! ¿Has visto las llaves del coche? –grito.
−
¡Qué va! No fastidies que ya has perdido otra
cosa. A este paso no me extrañaría que algún día pierdas la cabeza.
−
¡Podrías ayudarme, en lugar de quedarte ahí
criticando! –le digo cuando la veo subir las escaleras y apoyarse en el umbral
de la puerta.
−
Cierto, podría –dice ella –pero me divierte ver
como buscas cosas.
Suelto un improperio y me agacho para mirar debajo de la
cama. Luego me levanto y sacudo la ropa de cama, muevo las cortinas, busco en
mis pantalones, remuevo todos los cajones. Incluso me meto en el armario y
empiezo a sacar cosas a puñados. Y al final, cuando creo que ya no hay ningún sitio
más donde buscar, se me ocurre una idea genial. El coche. Esquivo a María y
traqueteo escaleras abajo mientras mis pies me llevan volando hacia el garaje.
Una vez dentro enciendo un par de luces y pego la cara al cristal, que
enseguida se llena de vaho. Lo quito con la manga de la camiseta y busco con la
mirada, recorriendo cada recoveco del vehículo. Pero nada. Otra vez. Me llevo
las manos a la cabeza y suelto un soplido de puro enfado.
Entonces noto una mano en mi espalda y veo los ojos de María
fijos en los míos.
−
Descansa Pedro. Quizá aparezcan cuando menos lo
esperes. Debes haberlas olvidado en la chaqueta, se te habrán caído por el
hueco del sofá, a saber. Dicen que las cosas aparecen cuando dejas de
buscarlas.
−
¿Sí no? –pregunto con la voz cargada de ironía.
Pero no puedo luchar contra el encanto de esos ojos que me miran entre apenados
y comprensivos, así que me calmo y la abrazo –Claro que sí cielo, gracias.
Las horas van pasando, y no hay ni rastro de las condenadas
llaves. Al principio no había considerado algo realmente importante esa
perdida, porque quizá tuviese suerte y las encontrase más tarde, o hubiese
algún milagro y apareciesen de la nada. Pero lo único que aparece de la nada es
una increíble tensión que invade todo mi cuerpo y hace que me suden las manos.
Porque de pronto recuerdo que esa noche tengo una cena de trabajo, a la que
asistirá mi jefe, y como no vaya fijo que me despiden. No puedo permitirme
perder el trabajo. Menos de una manera tan tonta.
Cierro los ojos y acompaso la respiración, intentando
calmarme sin éxito. Porque en el silencio de la casa y mi tranquilidad descubro
algo que altera todos mis sentidos. Algo se mueve en la planta de arriba.
−
¿María? –llamo. No hay respuesta, y caigo en que
ha salido a reunirse con unas amigas para ir de compras o algo parecido. Me ha
dejado tirado, así que estoy solo con el asunto de las llaves.
Me quito las zapatillas para no hacer ruido y, armado con
mis sutiles calcetines, subo la escalera. Ni un ruido. Genial. Doy un par de
pasos y me paro. Ahora he oído algo. Me vuelvo hacia el cuarto de los trastos
que hay al final del pasillo y cojo una escoba. Luego, apuntando con el cepillo
hacia delante, entro en la habitación de la que venía el sonido. La mía.
La puerta cede a mi empujón con un leve suspiro provocado
por el roce con el suelo y me encuentro las cortinas bajadas y todo como lo
había dejado. Salvo una sombra que se desliza por la alfombra y desaparece bajo
la cama en el último segundo.
−
¡Sal de ahí! Te he visto –digo con dureza, y apunto
con la escoba bajo la cama. Lo primero en lo que pienso es en un ladrón o algo
parecido. Por eso casi me caigo de culo cuando escucho una voz tan cantarina
como un coro de campanillas a mi espalda.
−
¿De verdad me has visto? Wow, que ojos de lince
–se burla la voz -¿Y qué te parezco? ¿A que soy guapo?
¿Pero qué demonios? ¿Cómo ha llegado ahí tan rápido? A pesar
de la penumbra en la que está sumida la habitación logró atisbar la silueta del
intruso, y por un momento no sé qué hacer. Parece un niño.
−
Oh Claro, olvidaba que los humanos no veis bien
en la oscuridad.
El diminuto ser, sea lo que sea, se apoya de pronto contra
el interruptor y la luz desciende sobre mi como un fogonazo. Me quedo cegado un
instante y cuando al fin logro enfocar la vista, descubro que se ha esfumado
como si nunca hubiese estado ahí. Miro a mi alrededor balanceando la escoba
como una espada y me agacho lo justo para ver debajo de la cama. Luego salto
detrás de las cortinas y miro detrás de la puerta. Pero no veo nada. En lugar de
eso oigo un tintineo metálico que baja por las escaleras. Bajo por ellas a toda
prisa y, justo en el último segundo, esquivo un diminuto pie que me ponía la
zancadilla.
−
¡Vaya! –dice la voz de antes –que rápido.
−
Sal de donde estés y dame mis llaves.
−
¿Oh sí, eso sería muy fácil no?
Ya lo creo pienso. Mientras el intruso hablaba, confiado en
su victoria, me he ido acercando a su escondrijo, y ahora veo su sombra en la
pared con nitidez. Una sombra con sombrero. Increíble. Salto sobre el ladrón y,
antes de que pueda reaccionar, le sacudo dos tortazos en la cara y le quito las
llaves de las manos.
−
¡Ay, ay! ¡Para, me haces daño! –grita.
Paro, inmovilizado por algo extraño en su voz, y me lo quedo
mirando. No doy crédito a mis ojos. Parece… es… un leprechaun.
−
María, tenías razón, creo que estoy perdiendo la
cabeza –susurro a la quietud del momento. Aturdido.
Luego el diminuto hombrecillo se levanta, no sin alguna
dificultad. Se sacude su elegante traje verde, se coloca su ladeado y arrugado
sombrero coronado por un floripondio de cuatro hojas, sin dejar de mirarme como
si lo fuese a morder, y desaparece con un ¡plof!
Unos segundos después, su voz aún flota en el aire.
−
¡Será egoísta! –refunfuña.
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