Lo primero que oigo es el ronroneo acelerado de un vehículo.
Luego un frenazo, un giro apresurado y el rechinar brusco de unos neumáticos
sobre la grava de mi jardín. El sonido del motor muere entre algodones y yo me
asomo a la ventana.
Algo no va bien. Es un coche patrulla.
Apenas he corrido las cortinas para perderme en la discreción
habitual de la casa, cuando oigo pasos. Pasos que se acercan. Las abro de nuevo,
lo justo para confirmar mis sospechas, y dejo caer una mano sobre el pomo de la
puerta principal. El timbre grita ante el cruel y pesado apretón de un dedo desconocido,
y me limito a correr un pestillo para dar vía libre a mi uniformado visitante.
−
Buenas noches –saluda el agente.
−
Buenas noches señor… - dudo, invitándolo a dar su
nombre.
−
Mike, agente Mike Walker –responde secamente – Y usted
es… -pausa, lee una nota –Robert O´Shea ¿no?
−
En efecto –digo. –Oh, disculpe mis modales, no le he
invitado a pasar –me echo a un lado y esbozo una cálida sonrisa, lo primero que
se me ocurre hacer en ese momento.
−
Le agradezco la oferta, pero será mejor que me
acompañe usted. Puede que esté metido en un buen lío.
−
¿Cómo? –es imposible me digo –Yo no he hecho nada.
−
Oiga Robert, entiendo sus renuencias, pero son las
20:45 y en cuanto acabe con esto podré volver con mi mujer e hijos. No retrase
a un pobre padre de familia. Además, solo hago mi trabajo.
−
¡Oh! Claro –Hago una pausa, lo justo para ver lo
extraño y jodido de mi situación –Solo déjeme coger las llaves.
Michael me mira por encima de su amplio mostacho canoso y
asiente –Voy con usted.
Cruzo la casa con el agente pegado a mis talones y al llegar
al salón me acerco al perchero. Descuelgo un viejo pluma y meto la mano en el
bolsillo derecho. Las llaves confirman su presencia con un entusiasmado coro de
tintineos. Me giro y asiento en una señal obvia.
De camino al vehículo siento la mirada del agente Walker en
mi espalda y me apresuro para llegar cuanto antes. Todo sea por librarme de los
escalofríos que me producen sus ojos azul hielo. El coche patrulla arranca y
noto la confiada arrogancia con la que abandona mi jardín. El jardín al que
tanto tiempo y esfuerzo dedico, y que ahora está hecho un desastre.
Mientras enfila las calles una tras otra con impasible
seguridad, me doy cuenta del silencio que cubre el aire como una mortaja. Si no
supiese que es imposible me creería capaz de morir ahogado en ese mismo
instante.
Al fin, tras quince minutos de agonía, la señal que indica el
camino a la comisaría brilla bajo la mirada artificial del vehículo. Pero
Michael pega un acelerón y giro el cuello para ver, impotente, como se pierde
en la lejanía. El silencio estalla como una olla a presión cuando muevo los
labios.
−
Michael… -apenas percibo mi propia voz –Creo que nos
hemos saltado la salida que lleva a la comisaría.
−
Así es señor Robert. Para estos casos nunca vamos
allí. Esto es especial.
Algo en su forma de decir “especial” hace que se me pongan
los pelos de punta. Me enderezo en el asiento mientras un sudor frío se
extiende por las palmas de mis manos.
−
¿Estos casos? ¿Qué casos? Le repito que YO NO HE HECHO
NADA.
−
Cierto, cierto –dice como si lo pensase por primera
vez –Usted no, pero ella sí.
De pronto apaga las luces. Sale de la carretera y cruza un
sendero boscoso. Es una noche oscura y vacía de estrellas. Tan solo la luna,
una enorme y redonda luna llena, se atreve a herir la negrura con su magia
plateada. Sigo la delgada línea etérea que la une con la Tierra y mis nervios
acaban por romperse en mil pedazos. Allí, tirada en el suelo, cubierta de
tierra e inmóvil, yace mi única hermana. Y entonces lo entiendo todo, pero no
quiero asimilarlo, no puedo. Siento como si alguien hubiese metido la mano en
mi vientre y estuviese entretenido jugando con lo que hay dentro. Grito sin
producir sonido alguno y salto fuera del coche sin darle tiempo a detenerse.
Siento un pinchazo en el hombro y la pierna derechos al entrar en contacto con
el suelo, pero me las apaño para amortiguar parte del porrazo rodando. Por
suerte el suelo es terroso y está húmedo. Miro a mi alrededor. Estamos en un
pequeño claro rodeado de árboles achaparrados. El viento sopla con ganas,
empujándome hacia atrás, y, a lo lejos, pocos metros por detrás de mi hermana,
una variación en la densidad de la negrura me indica la presencia de un brutal
acantilado.
Durante un precioso instante me veo en campo abierto y libre
de Michael, sea quien sea. Mi mente envía una rápida señal al cuerpo para que
me ponga en pie, pero el hombre, a pesar de las canas y el ademán cansino que
exhibía al alterar la perfecta calma de mi hogar, es aún más veloz. Lo sé en
cuanto noto el frío mordisco de una pistola sobre mi nuca.
−
Arriba las manos –su voz retumba en mi cabeza como si
ya hubiese disparado.
−
¿Qué quieres de nosotros? –apenas puedo susurrar,
ensordecido por los propios latidos de mi corazón ¿Qué es todo esto?
−
¿De verdad lo preguntas? –ahora su tono es irónico –Sé
lo que es tu hermana, estúpido –escupe las palabras con creciente desprecio.
Se me cae el alma a los pies, pero le doy una patada y la
devuelvo a su sitio. La pistola se hunde un poco más en la carne y trato en
vano de alejarme. Pero Michael no me concede ni un segundo de tregua. En lugar
de eso lo oigo escupir y soltar algo metálico de su cinturón. Unas esposas.
Ahora el que quiere escupir soy yo.
−
¡Arriba! –ordena.
−
Eres un cabrón Michael.
−
Bueno, mi querido Robert, eso depende del punto de
vista. Piensa en lo famoso que me haría tu hermanita, lo rico. Sería el amo del
mundo, se me rifarían en los grandes espectáculos, tendría mi propia unidad de
investigación.
−
Déjala en paz. Como te atrevas a tocarla…
−
Venga, por favor, acéptalo –por su voz se podría
pensar que le está hablando a un niño –No tienes salida.
No puedo más, me he hartado de la bravuconería y falta de
escrúpulos de ese cerdo. Me da igual que sea poli, asesino, traficante o
payaso. Se va a llevar una buena tunda. Y para eso solo tengo que jugar bien mi
as, porque lo que se dice cartas, no me quedan en la manga.
−
De acuerdo –digo –Si me has traído aquí, supongo que
será porque quieres algo de mi. Dime ¿qué es?
Su sonrisa se ensancha y por alguna extraña coincidencia del
momento me recuerda al Joker.
−
¡Vaya! Mira que bien, por fin nos entendemos. –Lo que
quiero, Robert, es que la hagas transformarse.
Jamás le haría algo así a mi hermana, pero si no lo hago los
dos estaremos perdidos.
−
De acuerdo. Pero antes quítame esto –digo señalando
las esposas con la barbilla –Voy a necesitar las dos manos para conseguir que
funcione, y agua.
−
De eso me ocupo yo, pero como te muevas… esparciré tus
sesos por la misma tierra que estás pisando.
El hombre se acerca y sin dejar de apuntarme con la pistola
suelta mis esposas, luego, paso a paso y sin quitarme el ojo de encima, se
acerca a su coche.
−
Correré el riesgo –digo –Me vuelvo hacia mi hermana y
le acaricio la mejilla –Sophie. Sophie, despierta. Vamos a salir de esta ¿vale?
No te preocupes.
Ella se sacude ligeramente bajo mis manos y el sueño huye de
su cuerpo como un cervatillo asustado.
−
¡Robert! Él, él me cogió, no pude hacer nada. Me di un
golpe en la cabeza y no he despertado hasta ahora. ¿Qué está pasando? ¿Dónde
estamos?
−
Tranquila, tú descansa. Yo me ocuparé de él. Solo dame
tiempo.
Sophie esboza un gesto triste pero decidido y asiente.
−
Vale pequeño.
−
¡Eh, vosotros! –Michael ya ha vuelto y trae consigo una
botella llena de agua –Se acabó el tiempo. Quiero resultados.
Lo veo acercarse y ponerse a mi lado. Apoya la pistola en mi
cabeza y me estampa la botella en el pecho.
−
Cumple tu parte –dice.
−
Ahora mismo –respondo. Miro con tristeza a mi hermana
y empiezo a mojarle las piernas.
Al cabo de un rato paro y tiro el cubo a un lado, bien lejos.
La suave piel de mi hermana empieza a transformarse bajo los pliegues de la
falda y sus ojos cambian de color. Su rostro adquiere brillo y refleja la
palidez de la luna. El pelo le cae fuerte, oscuro y brillante por la espalda,
el pecho y los hombros. Se abraza para protegerse del frío nocturno y nos mira.
Yo ya estoy acostumbrado, no es la primera vez que veo su larga cola de pez
cubierta por los colores de la aurora boreal, o su belleza inhumana, incluso
una vez la escuché cantar, aquella que casi me ahogo en la playa. Por eso ni me
inmuto al ver el cambio. El embrujo de las sirenas, sin embargo, es tan
poderoso que basta una sola para doblegar el espíritu de un hombre y recluirlo
en una oscura celda en el fondo de su ser. Y al parecer eso le ocurre a Walker,
que, incapaz de hacer nada, boquea como un pez fuera del agua. Tiene los ojos
saltones, enloquecidos, y la pistola le tiembla en la mano. Aprovecho la
distracción y, sabiendo que no durará mucho a pesar de todo, completo mi propia
transformación y lo lanzo por el borde del acantilado con un fuerte empellón.
Apenas emite un sonido, no se queja, no grita. Tan solo cae, cae, cae. Luego se
escucha un golpe sordo y un velo silencioso desciende sobre el claro.
Cuando el pelo desaparece de mi cuerpo y mis rasgos vuelven a
ser humanos me encuentro desnudo junto a mi hermana. Me acerco y la seco lo
mejor que puedo con mi ropa hecha jirones. Luego la envuelvo en un abrazo y la
acuno contra mi pecho.
−
Volvamos a casa.
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