miércoles, 5 de junio de 2013

Tierras lejanas

A mi tío Rogelio nunca le había gustado el agua. Pero nunca supe por qué hasta ese día. Él era en parte mi ídolo, deportista, generoso, afable y divertido. Todo un hombre se podría decir. Por eso mismo me preocupó tanto la marca circular y de una tonalidad más clara que el resto de la piel, casi blanca, que cubría buena parte de su espalda.
Dejé pasar el tema apenas un instante, lo justo para darle tiempo a nadar un rato en la piscina de la urbanización, salir y secarse con tranquilidad. Pero en cuanto estuvo cerca fui hacia él  con una curiosidad que llevaba tiempo sin sentir latiendo por mis venas. Mis padres y el resto de la comitiva estaban a unos buenos cuatro metros, así que contaba con unos segundos hasta que nuestra conversación perdiese cualquier posible secretismo.
        Rogelio –dije -¿Qué es esa marca que tienes en la espalda? –A pesar de que hacía años que lo conocía, yo era joven y era la primera vez que lo veía sin camiseta.
        Hola Carlos –dijo él en tono afable. Sus cálidos ojos color avellana encontraron los míos y una sonrisa iluminó su rostro –Es una larga historia, pero si tienes paciencia, te la contaré algún día.
        ¡Tendré paciencia! –contesté ilusionado.
        Bueno, en ese caso, no veo por qué no podríamos hablarlo dentro de un rato. Pero deja que me vista, no soporto que la gente se me quede mirando cada vez que nado.
        ¡Vale! –dije, y me alejé tan feliz. Esa misma noche, después de la cena, alguien llamó a la puerta de mi habitación.
        ¿Se puede?
        ¡Claro, pasa!
El tío Rogelio entró, se sentó en una cómoda silla previamente ocupada por una montaña de ropa, y empezó a contarme la historia.
Todo empezó una fría y nublada mañana hace ya veinte años. Yo por aquel entonces era joven, tendría veintitrés años, y estaba deseoso de conocer mundo y empaparme con sus historias. Hacía poco que trabajaba en un medio especializado en lo paranormal, y aunque la gente se lo tomaba a cachondeo, para mí era un tema de lo más emocionante. Aquel día rondaba las colinas que bordean el lago Ness, y esperaba emocionado mi oportunidad de resolver el misterio del monstruo. Así que lo primero que hice fue visitar el hogar de los MacDonald, descendientes de quien afirmase haber visto a la criatura en 1932. Por aquel entonces la leyenda de Nessie apenas había comenzado, pero lo mejor estaba por llegar.
Después de llamar al timbre me tuvieron esperando unos cinco minutos, luego abrieron y me invitaron a pasar. Se mostraron cordiales y amables. Ella era una bella mujer de origen londinense y él un marino escocés. Rondarían los cincuenta años, y tenían dos hijos. El chico era serio y callado, la chica, callada pero vivaracha. Los ojos le ardían de vida, y me sonrío al verme. Me sentí gratamente sorprendido, pero luego me centré en el verdadero propósito de mi visita. Sorprendentemente, en cuanto pronuncie las palabras mágicas “monstruo del lago Ness” los ojos del padre ardieron con una furia salvaje y me echó de su casa. Sin protocolo, sin disculpas hipócritas ni algodonadas. Me dio una patada en el culo con todas las de la ley. Salí decepcionado y algo cabizbajo, sorprendido. Le di una patada a un canto rodado y solté un hondo soplido. Fue entonces cuando se abrió la puerta y llegó la chica, Alice. Fingió darme dos besos y despedirse, sus padres la esperaban en la puerta, él con los brazos cruzados y expresión de mala leche, ella serena, inexpresiva, pero al hacerlo deslizo un pliego de papel en el bolsillo de mi chaqueta. Abrí mucho los ojos y la miré esperando alguna respuesta, pero solo alcancé a ver su espalda alejándose por un sendero pedregoso. Y la verdad es que era una vista agradable.
        ¡Wow tío! ¡Como en las pelis de espías! –medio grité yo, con la carne de gallina. -¿Qué pasó después?
        Bueno, esto fue lo que pasó Carlitos. Y de verdad que pasaron cosas interesantes.
Esa misma noche abrí el pliego de papel y encontré una nota breve, escrita con letra apresurada pero bella.
Ahora no puedo hablar, mi padre me vigila de cerca. Mañana a las 5 de la mañana en el muelle. Date prisa. Ven solo.
Leí el mensaje varias veces, para asimilar lo que decía y asegurarme de su contenido. Presté especial atención a la hora, y me puse una alarma en el reloj para despertarme media hora antes y que me diese tiempo a cubrir el desplazamiento. Luego guardé el papel en un bolsillo del pantalón y me tumbé en la cama.
        Jolines tío. ¿Pudiste dormir?
        Pues la verdad es que no. No dormí ni un poquito. La chica era algo más joven que yo, pero solo un par de años, y, para expresarlo de forma que me entiendas, me molaba muchísimo.
        Ajá –dije yo sonriendo y anticipándome ya al siguiente paso del tío Rogelio. Me tapé un poco más con la manta.
Cuando al fin sonó el despertador, llevaba varias horas despierto, y estaba muerto de sueño, pero también de ganas de ver a Alice y descubrir qué tenía que contarme que fuese tan importante como para esconderlo a su familia.
Monté en un viejo jeep que había alquilado el día antes, y fui traqueteando por el desigual paisaje que bordea el lago Ness, el de mayor volumen de toda Escocia, el que en su zona más profunda podía ocultar sin problemas la Big Tower de Londres, hasta dar con una discreta arboleda cerca del solitario hogar de los MacDonald . El motor se sumió en un profundo sueño entonces, solo sacudido por el gélido frío de la noche, y me deslicé a la oscuridad. Al poco rato de llegar al muelle, escuché unas hojas agitarse a mis espaldas y apareció Alice. Iba bien abrigada, con guantes y una bufanda roja que le quedaba estupendamente, y llevaba una linterna apagada en la mano.
        Hola –dijo –date prisa, no creo que mis padres tarden mucho en notar mi ausencia.
        Por supuesto –dije en voz baja – ¿A dónde vamos?
        Ahora lo verás, por aquí, sígueme.
Lo cierto es que caminamos durante al menos un cuarto de hora, subiendo una empinada colina poblada por un bosque de rocas resbaladizas y resbalando en el parcheado fangoso que cubría algunos tramos del suelo. Cuando nos detuvimos, al otro lado de la colina y más cerca del agua, Alice se volvió hacia mí y me cogió las manos. Parecía preocupada.
        Lo que te voy a contar no se lo debes contar jamás a nadie ¿De acuerdo? A nadie.
Estaba jodido, precisamente quería contarlo todo a la vuelta a España y forrarme, o al menos hacerme famoso con la noticia, pero asentí muy serio y me comprometí. Se lo debía.
        Vale –dije –Lo prometo.
        Bien. Mi padre es marino, como ya sabrás.
        Sí, claro –asentí. No tenía ni idea de a dónde iba a parar aquello.
        Bueno, el caso es que cuando nos mudamos aquí, su sueño era cazar lo mismo que has venido persiguiendo al lago Ness.
        ¡A Nessie! –grité yo entusiasmado y prendido por la llama de la certeza.
        Así es –dijo mi tío, justo antes de volver a sumergirse en la historia.
        El monstruo… -susurré.
        Sí –repuso ella. –Solo que no era un monstruo. Era –hizo una significativa pausa –es, una criatura fantástica y pacífica.
        Entonces… -no me podía creer lo que estaba oyendo –¡es cierto! ¡Nessie existe!
        Sí, y vive en el lago. Pero mi padre se empeñó en ocultarlo al mundo en cuanto lo vio. Durante un tiempo se lo calló, pero cuando vio que la tensión cada vez era mayor y la convivencia se hacía insoportable, nos lo contó todo. Pero solo a mi madre, a mi hermano y a mí. Luego empezó a pescar para lo que consideraba su mascota, y se encariñó con ella. Le dijimos que era una bestia salvaje, pero no nos hizo caso. Era como si hubiese olvidado todo lo demás.
        Pero entonces…
        Espera, no he terminado. Hace años que mi padre decidió llevar su doble vida en secreto, así que cada madrugada, en torno a las siete, salía con su barcaza, cuando nadie lo podía ver, y alimentaba al bicho. Nosotros temíamos por su vida, esperábamos que algún día la bestia se cansase del pescado y lo devorase a él. Nessie es grande como una ballena, es algo increíble. Pero a mi padre, por lo que sea, no lo atacó jamás. En lugar de eso lo vino a visitar de vez en cuando. Se acercaba a la costa, y sacaba su largo cuello… ¿Qué ocurre?
        ¡Corre!
Mientras Alice hablaba había visto algo moverse bajo el agua. Había atribuido el movimiento a uno de los muchos peces comunes que poblaban esas aguas, pero cuando vi unos ojos endemoniados asomar por encima de la superficie, seguidos de unos dientes afilados como cuchillas y una cabeza que bien podría ser la de un dinosaurio, se me aclararon las ideas. Me eché sobre ella justo cuando la enorme criatura lanzaba el mordisco. Nos salvamos por un pelo, pero era pronto para cantar victoria. El monstruo, no había otra palabra para describirlo, lanzó otra dentellada y, esta vez, noté como el fuego subía por mi espalda y se relamía en mi nuca. Me había alcanzado. Alice y yo rodamos por el suelo, las piedras se me clavaban por la espalda, que me escocía en carne viva, intentando escapar al límite. Por un estúpido artículo íbamos a perder la vida. Justo cuando empezaba lamentar cada paso dado en los últimos días y empezaba a aceptar la idea de morir, algo estremeció al aire y silenció los roncos rugidos del animal. Era el padre de Alice.
De pie, sobre un pequeño montículo de tierra a apenas diez metros de la costa, parecía un héroe de guerra, invencible. El respiro nos dio el tiempo suficiente para escapar y no acabar en el estómago de Nessie. Pero aquello no había acabado.
Hubo un momento de silencio. El monstruo y el padre de la niña se miraban fijamente, sin que ninguno de los dos cediese. Al fin, el hombre dejó de apuntarle con su antigua escopeta y Nessie se fue.
La familia MacDonald no volvió a verlo jamás. Yo volví a España sin mi historia pero con un horrible presentimiento. Nunca más me acercaría a las grandes superficies acuosas. Alice tuvo un castigo ejemplar por lo que me contó algún tiempo después, pero también supe que había abandonado la casa junto al lago, y desde entonces hasta ahora hemos mantenido un buen contacto.

Aquella noche, después de que el tío Rogelio me contase su increíble historia, soñé con las profundidades del lago Ness, con el monstruo, y soñé con un hombre valiente que encaraba el peligro sin miedo.

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