A mi tío Rogelio nunca le había gustado el agua. Pero nunca
supe por qué hasta ese día. Él era en parte mi ídolo, deportista, generoso,
afable y divertido. Todo un hombre se podría decir. Por eso mismo me preocupó
tanto la marca circular y de una tonalidad más clara que el resto de la piel,
casi blanca, que cubría buena parte de su espalda.
Dejé pasar el tema apenas un instante, lo justo para darle
tiempo a nadar un rato en la piscina de la urbanización, salir y secarse con
tranquilidad. Pero en cuanto estuvo cerca fui hacia él con una curiosidad que llevaba tiempo sin
sentir latiendo por mis venas. Mis padres y el resto de la comitiva estaban a
unos buenos cuatro metros, así que contaba con unos segundos hasta que nuestra
conversación perdiese cualquier posible secretismo.
−
Rogelio –dije -¿Qué es esa marca que tienes en
la espalda? –A pesar de que hacía años que lo conocía, yo era joven y era la
primera vez que lo veía sin camiseta.
−
Hola Carlos –dijo él en tono afable. Sus cálidos
ojos color avellana encontraron los míos y una sonrisa iluminó su rostro –Es
una larga historia, pero si tienes paciencia, te la contaré algún día.
−
¡Tendré paciencia! –contesté ilusionado.
−
Bueno, en ese caso, no veo por qué no podríamos
hablarlo dentro de un rato. Pero deja que me vista, no soporto que la gente se
me quede mirando cada vez que nado.
−
¡Vale! –dije, y me alejé tan feliz. Esa misma
noche, después de la cena, alguien llamó a la puerta de mi habitación.
−
¿Se puede?
−
¡Claro, pasa!
El tío Rogelio entró, se sentó en una cómoda silla previamente
ocupada por una montaña de ropa, y empezó a contarme la historia.
Todo empezó una fría y
nublada mañana hace ya veinte años. Yo por aquel entonces era joven, tendría
veintitrés años, y estaba deseoso de conocer mundo y empaparme con sus
historias. Hacía poco que trabajaba en un medio especializado en lo paranormal,
y aunque la gente se lo tomaba a cachondeo, para mí era un tema de lo más
emocionante. Aquel día rondaba las colinas que bordean el lago Ness, y esperaba
emocionado mi oportunidad de resolver el misterio del monstruo. Así que lo
primero que hice fue visitar el hogar de los MacDonald, descendientes de quien
afirmase haber visto a la criatura en 1932. Por aquel entonces la leyenda de Nessie
apenas había comenzado, pero lo mejor estaba por llegar.
Después de llamar al
timbre me tuvieron esperando unos cinco minutos, luego abrieron y me invitaron
a pasar. Se mostraron cordiales y amables. Ella era una bella mujer de origen
londinense y él un marino escocés. Rondarían los cincuenta años, y tenían dos
hijos. El chico era serio y callado, la chica, callada pero vivaracha. Los ojos
le ardían de vida, y me sonrío al verme. Me sentí gratamente sorprendido, pero
luego me centré en el verdadero propósito de mi visita. Sorprendentemente, en
cuanto pronuncie las palabras mágicas “monstruo del lago Ness” los ojos del
padre ardieron con una furia salvaje y me echó de su casa. Sin protocolo, sin
disculpas hipócritas ni algodonadas. Me dio una patada en el culo con todas las
de la ley. Salí decepcionado y algo cabizbajo, sorprendido. Le di una patada a
un canto rodado y solté un hondo soplido. Fue entonces cuando se abrió la
puerta y llegó la chica, Alice. Fingió darme dos besos y despedirse, sus padres
la esperaban en la puerta, él con los brazos cruzados y expresión de mala
leche, ella serena, inexpresiva, pero al hacerlo deslizo un pliego de papel en
el bolsillo de mi chaqueta. Abrí mucho los ojos y la miré esperando alguna
respuesta, pero solo alcancé a ver su espalda alejándose por un sendero
pedregoso. Y la verdad es que era una vista agradable.
−
¡Wow tío! ¡Como en las pelis de espías! –medio
grité yo, con la carne de gallina. -¿Qué pasó después?
−
Bueno, esto fue lo que pasó Carlitos. Y de
verdad que pasaron cosas interesantes.
Esa misma noche abrí
el pliego de papel y encontré una nota breve, escrita con letra apresurada pero
bella.
Ahora no puedo hablar, mi padre me
vigila de cerca. Mañana a las 5 de la mañana en el muelle. Date prisa. Ven
solo.
Leí el mensaje varias
veces, para asimilar lo que decía y asegurarme de su contenido. Presté especial
atención a la hora, y me puse una alarma en el reloj para despertarme media
hora antes y que me diese tiempo a cubrir el desplazamiento. Luego guardé el
papel en un bolsillo del pantalón y me tumbé en la cama.
−
Jolines tío. ¿Pudiste dormir?
−
Pues la verdad es que no. No dormí ni un
poquito. La chica era algo más joven que yo, pero solo un par de años, y, para
expresarlo de forma que me entiendas, me molaba muchísimo.
−
Ajá –dije yo sonriendo y anticipándome ya al
siguiente paso del tío Rogelio. Me tapé un poco más con la manta.
Cuando al fin sonó el
despertador, llevaba varias horas despierto, y estaba muerto de sueño, pero
también de ganas de ver a Alice y descubrir qué tenía que contarme que fuese
tan importante como para esconderlo a su familia.
Monté en un viejo jeep
que había alquilado el día antes, y fui traqueteando por el desigual paisaje
que bordea el lago Ness, el de mayor volumen de toda Escocia, el que en su zona
más profunda podía ocultar sin problemas la Big Tower de Londres, hasta dar con
una discreta arboleda cerca del solitario hogar de los MacDonald . El motor se
sumió en un profundo sueño entonces, solo sacudido por el gélido frío de la noche,
y me deslicé a la oscuridad. Al poco rato de llegar al muelle, escuché unas
hojas agitarse a mis espaldas y apareció Alice. Iba bien abrigada, con guantes
y una bufanda roja que le quedaba estupendamente, y llevaba una linterna
apagada en la mano.
−
Hola –dijo
–date prisa, no creo que mis padres tarden mucho en notar mi ausencia.
−
Por
supuesto –dije en voz baja – ¿A dónde vamos?
−
Ahora lo
verás, por aquí, sígueme.
Lo cierto es que
caminamos durante al menos un cuarto de hora, subiendo una empinada colina
poblada por un bosque de rocas resbaladizas y resbalando en el parcheado
fangoso que cubría algunos tramos del suelo. Cuando nos detuvimos, al otro lado
de la colina y más cerca del agua, Alice se volvió hacia mí y me cogió las
manos. Parecía preocupada.
−
Lo que te
voy a contar no se lo debes contar jamás a nadie ¿De acuerdo? A nadie.
Estaba jodido,
precisamente quería contarlo todo a la vuelta a España y forrarme, o al menos
hacerme famoso con la noticia, pero asentí muy serio y me comprometí. Se lo
debía.
−
Vale –dije
–Lo prometo.
−
Bien. Mi
padre es marino, como ya sabrás.
−
Sí, claro
–asentí. No tenía ni idea de a dónde iba a parar aquello.
−
Bueno, el
caso es que cuando nos mudamos aquí, su sueño era cazar lo mismo que has venido
persiguiendo al lago Ness.
−
¡A Nessie!
–grité yo entusiasmado y prendido por la llama de la certeza.
−
Así es
–dijo mi tío, justo antes de volver a sumergirse en la historia.
−
El
monstruo… -susurré.
−
Sí –repuso
ella. –Solo que no era un monstruo. Era –hizo una significativa pausa –es, una
criatura fantástica y pacífica.
−
Entonces…
-no me podía creer lo que estaba oyendo –¡es cierto! ¡Nessie existe!
−
Sí, y vive
en el lago. Pero mi padre se empeñó en ocultarlo al mundo en cuanto lo vio. Durante
un tiempo se lo calló, pero cuando vio que la tensión cada vez era mayor y la
convivencia se hacía insoportable, nos lo contó todo. Pero solo a mi madre, a
mi hermano y a mí. Luego empezó a pescar para lo que consideraba su mascota, y
se encariñó con ella. Le dijimos que era una bestia salvaje, pero no nos hizo
caso. Era como si hubiese olvidado todo lo demás.
−
Pero
entonces…
−
Espera, no
he terminado. Hace años que mi padre decidió llevar su doble vida en secreto,
así que cada madrugada, en torno a las siete, salía con su barcaza, cuando
nadie lo podía ver, y alimentaba al bicho. Nosotros temíamos por su vida,
esperábamos que algún día la bestia se cansase del pescado y lo devorase a él.
Nessie es grande como una ballena, es algo increíble. Pero a mi padre, por lo
que sea, no lo atacó jamás. En lugar de eso lo vino a visitar de vez en cuando.
Se acercaba a la costa, y sacaba su largo cuello… ¿Qué ocurre?
−
¡Corre!
Mientras Alice hablaba
había visto algo moverse bajo el agua. Había atribuido el movimiento a uno de
los muchos peces comunes que poblaban esas aguas, pero cuando vi unos ojos
endemoniados asomar por encima de la superficie, seguidos de unos dientes
afilados como cuchillas y una cabeza que bien podría ser la de un dinosaurio,
se me aclararon las ideas. Me eché sobre ella justo cuando la enorme criatura
lanzaba el mordisco. Nos salvamos por un pelo, pero era pronto para cantar
victoria. El monstruo, no había otra palabra para describirlo, lanzó otra
dentellada y, esta vez, noté como el fuego subía por mi espalda y se relamía en
mi nuca. Me había alcanzado. Alice y yo rodamos por el suelo, las piedras se me
clavaban por la espalda, que me escocía en carne viva, intentando escapar al
límite. Por un estúpido artículo íbamos a perder la vida. Justo cuando empezaba
lamentar cada paso dado en los últimos días y empezaba a aceptar la idea de
morir, algo estremeció al aire y silenció los roncos rugidos del animal. Era el
padre de Alice.
De pie, sobre un
pequeño montículo de tierra a apenas diez metros de la costa, parecía un héroe
de guerra, invencible. El respiro nos dio el tiempo suficiente para escapar y
no acabar en el estómago de Nessie. Pero aquello no había acabado.
Hubo un momento de
silencio. El monstruo y el padre de la niña se miraban fijamente, sin que
ninguno de los dos cediese. Al fin, el hombre dejó de apuntarle con su antigua
escopeta y Nessie se fue.
La familia MacDonald
no volvió a verlo jamás. Yo volví a España sin mi historia pero con un horrible
presentimiento. Nunca más me acercaría a las grandes superficies acuosas. Alice
tuvo un castigo ejemplar por lo que me contó algún tiempo después, pero también
supe que había abandonado la casa junto al lago, y desde entonces hasta ahora
hemos mantenido un buen contacto.
Aquella noche, después de que el tío Rogelio me contase su
increíble historia, soñé con las profundidades del lago Ness, con el monstruo,
y soñé con un hombre valiente que encaraba el peligro sin miedo.
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