sábado, 16 de febrero de 2013

La caricia de las aguas

Fui de vacaciones al lugar en el que los brazos de tierra y piedra abrazan al agua. Al puerto de un lugar remoto del sur de Inglaterra con un nombre acorde a su fama, Mousehole, el agujero del ratón. Hacía siglos que no salía de excursión, pero aquel fin de semana mis padres se habían empeñado en viajar y bueno, no iba a quedarme atrás.
Así fue como me embarqué en la que sería una de las mayores aventuras de mi vida.
Salimos de Wherrytown al amanecer, y poco después de comer ya estábamos en aquel pueblo de pescadores, con un muelle tan antiguo como sus tradiciones. Las casas eran bajas y robustas, de gruesa piedra y con pinceladas de madera. El cielo quedaba demasiado alto, como si hubiese una clara separación entre el mundo mortal y el celeste. Pero aquella separación se limitaba a ese diminuto poblado de Cornualles.
Aparcamos en las afueras, en un pedazo de tierra más o menos decente junto a la carretera que se adentraba en Mousehole. Las ruedas del Range Rover aplastaron tierra y grava, hicieron un breve chirrido húmedo debido a la lluvia que había caído durante la última semana, y se detuvieron. El motor se apagó con un zumbido menguante apenas un segundo antes de que bajase. Abrí  el maletero, cogí mi mochila y una de las tres bolsas que llevaban mis padres, y eché un vistazo a mi alrededor.
Olía a mar y a sal, el aire era frío pero puro, limpio, ajeno a la contaminación de las grandes ciudades. La grava crujía bajo mis pies. Las olas batían contra los escollos de la costa en un rumor cercano, como una canción.
Tras un corto paseo y una conversación aún más corta con el encargado de recepción del hotel dejamos los trastos. Estaba ilusionado con la idea de ver el mar, viviendo tierra adentro era algo a tener en cuenta, así que salí en cuanto estuvo todo en orden. Encima llevaba mi chubasquero azul, recuerdo de un antiguo viaje a Galicia, y la mochila, con unas galletas, una botella de agua y cuatro cosas más.
Cuando llegué a la costa me embargó una curiosa melancolía, un sentimiento de admiración que me hizo observar la delgada línea del horizonte y las nubes recortadas contra el cielo mágico como a través de un sueño. Aquello parecía el cuadro de algún extraño pintor, uno muy realista, con gran talento y un don para los matices. Las nubes eran multicolores. Un poco de gris blanquecino por aquí, un poco de oscuro casi negro por allí… incluso tenían una delgada línea anaranjada en la base y parte del contorno. El sol se estaba ocultando ya, y gracias al tiempo que estuve allí parado, absorto en mis pensamientos, pude ver como coloreaba el cielo con las luces del calor y la pasión. Naranja, amarillo y rojo desfilaron por el cielo ante mis ojos admirados. Las nubes se desplazaron en el cielo con paso lento pero firme, como las mismas olas que ondulaban la superficie del océano frente a mí. Por un extraño impulso me embargó el tipo de energía que te obliga a hacer cosas sin un fin premeditado. Dejé la roca en la que me había sentado y decidí bajar un poco más, acercarme al mar. Las olas batían con fuerza, había viento, y el suelo, rocoso casi todo, estaba mojado. Cuando las piedras están mojadas… Bueno, quería bajar y lo hice.
A poco más de dos metros sobre el agua me esperaba el reclamo de la naturaleza. Algas balanceándose al ritmo de una música que solo ellas escuchaban, la música de los océanos, el sonoro baile de las olas, el canto de una gaviota solitaria y mi propia soledad en aquel momento. No sé cuánto tiempo pasé en aquel remoto escollo rocoso, pero recuerdo sin el menor atisbo de duda lo que vi y el momento exacto.
Me disponía a volver al hotel cuando escuché una música diferente en el ambiente, un cambio en la presión del aire, “algo” que hizo que me volviese y echase un último vistazo al agua inescrutable. Retrocedí asustado cuando vi unos ojos que me observaban de vuelta, unos ojos enmarcados por un rostro bellísimo, de proporciones divinas y tan perfectas que me quedé paralizado. Creo que las algas ya no se movían y el viento se hizo menos frío, pero la única certeza era que mi corazón latía más deprisa. Mucho más deprisa.
Quería seguir mirando, quería terminar de esbozar una imagen mental de lo que acababa de ver, pero se fue. Lo que sea que hubiese en el agua un momento antes se había esfumado.
Nuestra excursión se alargó un par de semanas. Era verano, todos estábamos de vacaciones, había tiempo de sobra. La visión de aquella primera tarde me perseguía a todas partes. El reflejo de aquel rostro perfecto de mujer me observaba desafiante desde el espejo cuando me lavaba la cara, me invadía en sueños cuando iba a la cama, o me distraía y hacía parecer embobado durante las comidas. Lo cierto era que no podía pensar en nada más. Era como un sueño, o una pesadilla, no lo sé. No podía comentarlo con nadie porque me tildarían de loco, pero es que yo mismo dudaba de lo que había visto.
Así que al tercer día decidí volver, y al cuarto, el quinto también, pero siempre sin resultados. Hasta que volví el sexto día.
En la costa, mirando hacia el océano, en la misma roca en la que me había sentado el primer día, estaba ahora una chica de pelo ondulado. Mientras me acercaba me perdí en los detalles. Pelo rubio por la cintura, un poco mayor que yo a juzgar por su altura, vestía con sencillez pero con un estilo particular, parecía guapa.
Hice un poco de ruido para anunciar mi llegada y me senté en una roca junto a ella.
        Hola, soy Matt –dije con una sonrisa cordial.
Ella se volvió hacia mí, al parecer no la había sorprendido mi aparición, y dijo:
        Hola, Mia, encantada.
        Igualmente. ¿Eres de por aquí?
        Era. Me mudo esta semana.
        Vaya, ¿y a dónde vas?
        A Plymouth. ¿Tú no eres de aquí no?
        No. Vengo desde Torquay.
        Wow, ¿y cómo es que te has alejado tanto de casa?
        Bueno, había ganas de viajar y no podía decir que no. Además este sitio tiene su atractivo, hay pocas ciudades más al oeste.
        Sí, tienes razón. Pero es muy pequeño, el clima es tan gris como las nubes que lo cubren.
        Ya, pero si no hubiese venido tampoco te habría conocido.
        Desde luego, ni yo a ti –dijo ella.
Sonrío ligeramente y me descubrí observando la delicadeza rosada con la que se le marcaban los pómulos al hacerlo. Y para colmo tenía los ojos verdes, mi única debilidad.
        ¿Cuánto vas a estar por aquí? –pregunté con un atisbo de esperanza.
        Lo suficiente, no te preocupes –dijo ella.
        Ah, ¡estupendo! –reí. Ahora sí que me había pillado por sorpresa.
Un rato después la vi marchar y sentí un hormigueo cálido en el pecho. Me volví hacia el océano cuando se perdió de vista y estuve pensando un rato en el encuentro. Quizá había sido un poco lanzado al principio, pero mejor eso que callarme o mostrar demasiada timidez. ¿O no? En fin, Mia parecía un encanto y si se iba a ir esa misma semana no quería que lo hiciese sin conseguir antes su teléfono o encontrar el modo de hablar con ella otra vez. Cogí una piedra mediana, del tamaño de una nuez, y la tiré al agua. Hubo un sonoro zoumb y luego la perdí de vista en una columna acuosa. Me puse en pie y di un par de vueltas por la zona, pensando en el lugar, en lo que había dicho la chica, que estaba lejos de casa, y en la evidencia gris de aquel lugar. Aunque tuviese unas bonitas puestas de sol. De pronto escuché un chapoteo cercano y me pareció que algo se alejaba hacia las profundidades. Recordé de inmediato el encuentro de aquel ya lejano primer día, con lo que fuese que había visto en el agua, y me acerqué. Me acerqué más de la cuenta, peligrosamente, más que nunca. Tanto, que casi toqué con la cara la superficie del agua. En aquel lugar, al contrario que en una playa, la piedra estaba cortada casi a pico, y el océano aguardaba más allá. No era un aumento gradual del nivel acuoso. Era un salto al abismo. Corrí a por mi mochila y cogí una cuerda que siempre llevaba, incluso cuando no la usaba, porque podía ser útil y me hacía sentir aventurero. La até con fuerza a un poste ennegrecido que sobresalía del suelo a apenas cinco pasos y cogí aire. Me acerqué, ya en pie, al agua. Despacio, en silencio, expectante. Podía haber cualquier cosa, tenía miedo, pero quería salir de dudas. Entonces tuve un destello de claridad y vi en mi mente una imagen que me dejó helado. Sirenas. ¡Lo que había en el agua solo podía ser una sirena! Estaba a punto de meter el pie en el agua, zapatilla incluida, pero aquel súbito pensamiento me hizo volver sobre mis pasos. Di un traspié y me quedé mirando el agua.
Como si oliese mi miedo la criatura apareció ante mí. Era bellísima, aterradora, sobrenatural. Me miraba con unos ojos azules, brillantes como estrellas, profundos como la más profunda de las simas, tenía el pelo pegado a la cabeza y al cuello, el torso desnudo. Sacó la cabeza del agua y me di cuenta de que se acercaba. Poco a poco, pero se acercaba. Entonces abrió la boca. Una boca de labios sensuales y preciosos, carnosos, con una curvatura que quedaba inalcanzable a la misma luna cuando está creciente o menguante. Tuve la certeza de que cantaría o diría algo, y al hablar me iría al fondo del mar como tantos otros, así que me tapé los oídos. Pero algo en su mirada me decía que todo iba bien, que estaba seguro, que no debía temerla. Su mirada me lo decía, su media sonrisa. Una sonrisa que habría ruborizado a la Mona Lisa de Da Vinci, porque era tal su belleza que cuando se contemplaba tan solo podías mirar, todo pensamiento desaparecía de la mente. Toda preocupación o miedo, la misma realidad se evaporaba ante aquella visión.
Con las manos todavía protegiendo mis orejas vi que se movía cada vez más cerca. Sacó una mano del agua y vi gotas saladas resbalar por su piel plateada, cubierta en los codos y parte del antebrazo por escamas de luna. Quise mirar a otra parte, pero me fue imposible, porque ante mis ojos atónitos empezó a cambiar. Las escamas iban desapareciendo, la piel se hacía suave, tersa y de una palidez fantasmal pero bella. De todos los regalos que podría haberme hecho el mar, de todas las criaturas que lo moraban, esa sirena era lo mejor, era tan… Su voz cruzó el espacio que nos separaba con la suavidad con que caen las hojas en otoño. Era melódica, suave, peligrosa, maternal, sugerente, protectora. Todo a una vez. Y me tenía tan inquieto la presencia de aquel ser ante mí que fui incapaz de moverme. La vi acercarse hasta que su cara solo distaba dos palmos de la mía. La vi mientras acercaba su mano a mi rostro y lo acariciaba. La vi mientras me susurraba algo al oído en un idioma desconocido y antiguo. La vi cuando como por accidente, sin que pudiera hacer otra cosa, la dejé besarme. Y la vi cuando sonrío y su mano se alejó de mí, su tacto aun pegado a mi piel, su suavidad adherida a mi ser, ella pegada a mi corazón y mi alma perdida. La vi.

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