La sala está llena. El humo de las pipas y los puros se entremezcla, cubriendo las paredes de terciopelo y madera de caoba con un penetrante olor especiado.
Se escucha una tos en el ala norte seguida de un par de martillazos secos. La sesión se ha dado al fin por concluida. Y yo estoy ansioso por salir a la calle y despejarme un poco. Nunca me ha gustado el ambiente algodonado y flojo de la clase alta. El "si no puedes con ellos, únete" no cabe en el pequeño cajón de mis frases favoritas y tampoco lo haría aunque tuviese una lista de más de cien.
Al cerrar mi cuaderno de notas tuerzo un poco la boca y alzo las cejas. Me levanto, soltando un discreto suspiro al hacerlo y aliso con un gesto preciso la plaquita de cuero sobre la que está escrito mi nombre. Sir Walter Rinney. Así es, ese es mi nombre, legado de unos padres que se fueron pronto, llevados por una oscura guerra. Al menos tuve la suerte de que me hiciesen con talento.
Saludo con cortesía a un hombre de prominente mostacho y escandalosa calva que me sonríe al verme. Es uno de "las leyendas vivas" como nosotros los llamamos, Sir Barrimore Harper en persona. Supongo que con decir que fue mi modelo a seguir cuando elegí este oficio bastará para describirlo, aunque en mi cabeza vivan y de vez en cuando revoloteen los recuerdos. Me abro paso entre mis correligionarios, los detectives privados más agudos y a mi placer, también más pagados de toda la ciudad, hasta llegar por fin a la puerta de cristal esmaltado y rótulo blanco que da a la calle. Formando un arco sobre la difusa superficie del vidrio se puede leer: Cuartel General de las fuerzas policiales, ciudad de Londres.
Nada más poner un pie en el pedregoso pavimento echo un vistazo a la Gloucester St. Es una larga avenida que cruza como un tiralíneas un conglomerado de edificios y discretas calles al sur de Londres, alejado del bullicio de sus calles más centrales pero cerca de una estación de tren que recorre toda la ciudad. Mi vista no consigue alcanzar su final, pero no es necesario, ya sé lo que tengo que hacer.
A la altura de la Cambridge St tuerzo a la izquierda y me cuelo por detrás de la Iglesia de San Gabriel.
Esquivo un par de coches que pasan lanzados por la autopista de Saint Geroge´s y me cuelo en el Warwick Square. No es gran cosa, pero precisamente por eso tiene tanta importancia. ¿Quién se detiene a saltar la valla de un parque minúsculo para cruzar al otro lado de la calle cuando puede bordearlo por fuera? Supongo que solo los poetas y algún que otro iluso... pero también un asesino.
La semana pasada encontraron el cuerpo metido en el hoyo olvidado que habían hecho unos jardineros.
Así están las cosas en mi ciudad. Alguien mata una semana y lo descubren, si es que lo hacen algún día, a la siguiente. El juicio viene un poco después, cuando los abogados y esa gente de traje e identidad intercambiable se desplazan al lugar del suceso. Lo que suele ocurrir entre dos y tres meses después, a veces cuatro, cuando las pistas están borradas por el paso de las generaciones y los olores o motivos del crimen camuflados en el mismo aire que respiramos.
Este es mi diario, pronto anotaré cualquier detalle que esclarezca lo que ha pasado hoy. Hay muchas cuestiones por resolver y es la una de la madrugada. La reunión de la que acabo de salir y la gente con la que he hablado no existen. La mitad de mi vida es secreto de sumario y la otra material confidencial cerrado bajo llave.
Solo sé que hoy no llevo mi pistola y que es muy tarde. El sueño abotarga mis sentidos, por naturaleza agudos y los ata a la cama y la humana necesidad del descanso con la fuerza de las cadenas que mantenían preso a Prometeo.
No me lo pienso. Cierro la pechera de mi gabardina y vuelvo a casa.
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