Agua. Necesito agua Esa fue la primera certeza que tuvo Rick Wenston nada más despertarse aquel día. La segunda fue que tenía arena en la boca. Mucha. Más de la que jamás habría soportado en una situación normal. Pero su situación no tenía nada de normal.
Estaba atrapado en mitad del desierto, con el armazón desvencijado y hecho polvo del avión con el que se había estrellado hacía ya…
¿Cuánto hace que me estrellé?
Puede que solo hubiesen pasado horas, días, tal vez semanas y por dios que no fuesen meses. Lo único seguro era que había pasado toda la noche en un estado similar al coma. Era evidente, porque recordaba a la perfección haberse estrellado de noche. Vamos, la típica cosa que no olvidas en la vida. Las dudas empezaban al pensar en si era la primera noche o ya había habido más.
Con un esfuerzo comparable a intentar arrastrar un búfalo cuesta arriba por una montaña, Rick consiguió sentarse y se llevó ambas manos a la cabeza. Intentando poner sus pensamientos en orden. Luego escupió para librarse de la arena que incendiaba su garganta.
Incendiaba. ¡Anoche hubo un incendio! ¿Qué ha pasado, dónde está el fuego ahora?
El hombre, moreno, de cabello castaño y ojos verdes, se apartó las manos del rostro y miró a lo lejos. Dunas, dunas, ¡espera! Nada, más dunas.
Rick se levantó. Cansado de mirar a su alrededor sin ver otra cosa que la molesta arena, que ahora también asediaba sus zapatillas. Al hacerlo se dio un golpetazo contra una plancha ennegrecida del avión que colgaba por encima de su cabeza.
− ¡Mierda, joder! –dijo. Si hubiese tenido fuerza suficiente le habría propinado una patada al armazón inerte del avión. Pero no se sentía tan desbordante de energía. Lo que daría por un buen whisky ahora mismo… Este calor me está matando
La mirada necesitada del hombre se volvió hacia los restos del aeroplano. ¿Dónde estaba el resto de gente? ¿Qué había sido de los pasajeros?
Sus pies dejaron un semicírculo grabado en la arena cuando se volvió para buscar algo de utilidad entre ellos.
Rodeó en un par de ocasiones el armazón y arrancó algunas placas, debilitadas por el fuego que había seguido a la colisión.
Un repentino flashazo cruzó su mente al tocar una de ellas.
Estaba sentado en la fila trece, asiento B, cuando la voz del piloto se había dirigido a los pasajeros desde la cabina. A su lado derecho había un hombre obeso, tan gordo que daba sensación de ir a quedarse atascado entre los reposabrazos. En el izquierdo una mujer lo sostenía del brazo mientras le murmuraba suaves palabras al oído. Llevaba un anillo de oro con un pequeño diamante engastado en el dedo anular.
Un momento… ¿tengo mujer? No, no puede ser. Si estaba a mi lado… ¡a lo mejor sigue viva!
El flashazo se fue. Rick intentó recuperarlo para saber qué había pasado a continuación, pero le fue tan imposible como coger un rayo de luz con los dedos de los pies.
En el cielo el sol seguía en su cénit. Al parecer en aquella región el astro rey no concedía tregua ni un segundo. La luz le hirió los ojos y bajó de nuevo la vista. Unas siluetas que no había visto antes aparecieron de pronto frente a él y lo hicieron trastabillar por la sorpresa.
Eran oscuras y borrosas, de contornos difusos como una nube cortada a jirones. Al principio estaban fijas, pero parecieron avanzar al ver que el hombre retrocedía ante su presencia.
− ¿Quiénes sois? ¿Qué queréis? –nada, no hubo respuesta − ¿Habláis mi idioma? –añadió al ver la ineficacia de su intento de establecer conversación.
Uno de los hombres pegó una patada a la cresta de la duna sobre la que estaba, tirándole un montón de arena a la cara.
Rick tosió y se llevó la mano a los ojos, tapándolos en un acto reflejo de defensa. Le ardían al contacto con la arena y apenas podía abrirlos.
− ¿Pero de qué vais…? ¡Hijo de…!
El hombre no terminó la frase. De algún modo, inexplicable pero afortunado, ya no tenía nada en los ojos, estaba bien. Sintió como si una mano se posase en su hombro y un escalofrío de inquietud le recorrió la espalda. Dejándole una incómoda sensación de frío.
¡Vamos Rick ¿cómo cojones vas a tener frío en mitad del desierto? ¡Hasta el suelo arde!
Un momento, se llevó la mano al hombro que le habían tocado para apartar la mano, pero allí no había nada. Tampoco delante, detrás o a los lados. Los hombres habían desaparecido.
Estás teniendo alucinaciones. Venga, tranquilízate. Respira, suelta el aire, despacio
Su pecho se hinchó, cargándose de aire, y luego volvió a la normalidad cuando lo expulsó.
− Pasajeros y pasajeras del vuelo 1573 con destino a Egipto, les habla el piloto de este avión, ruego presten atención. En los próximos minutos nos veremos envueltos por una tormenta eléctrica. Nuestro avión está perfectamente equipado para superarla sin complicaciones y ha pasado todos los controles previstos y especulados para su correcto funcionamiento. A pesar de ello y por su propia seguridad, la tripulación de cabina y el resto de personal aéreo les estaremos inmensamente agradecidos si se abrochan los cinturones y escuchan con atención…
La película que su memoria había hecho del pasado se detuvo de nuevo y lo dejó desubicado y dudoso en medio de un pequeño remolino de arena. Se metió en el armazón del avión para terminar con la inspección que el espejismo de los hombres había interrumpido. La sensación de agobio que producía el sol al quemar su piel se suavizó. Algo fresco empezó a descender por su frente, frenando un poco a ratos y luego deslizándose de nuevo veloz. Se pasó el dorso de la mano por
Encontró varios asientos destrozados y también colgajos de la tela que los había forrado antes del accidente. Fue a tragar saliva, pero tenía la garganta tan seca que en lugar de eso produjo un extraño gorjeo. Como si en lugar de saliva hubiese intentado tragarse una piedra del tamaño de una castaña. Corrió hacia la cabina de tripulación y terminó de tirar la puerta, con el gozne superior ya roto, de un empujón. La placa metálica saltó hacia dentro y golpeo el panel de control, resquebrajando una pantalla. Rebuscó en todos los rincones y contuvo una exclamación de asombro cuando vio el cadáver del copiloto.
− Rick, Rick –la boca del cuerpo empezó a moverse, suplicando ayuda.
− No, yo no puedo… no deberías… ¿qué…?
− Rick, ayúdanos –todos los pasajeros del avión habían aparecido de pronto tras el hombre y mantenían los brazos, rígidos y de tono violáceo, extendidos frente a ellos.
Alguien le dio una bofetada, tan fuerte que lo tiró contra el cristal de la cabina hacia un golpe seguro. Cerró los ojos, asustado.
Entonces los volvió a abrir y se vio en la cama de su hogar. Rodeado de sábanas blancas y con el mayordomo que siempre lo atendía y llevaba los asuntos familiares de pie a su lado. La mano del hombre estaba en su hombro. Movió la cabeza, dándose cuenta de que antes la había apoyado en el frío metal de las barras de metal de su cabecero. Estaba destapado y cruzado en la cama, envuelto en sudor.
− ¿Se encuentra bien señor? –preguntó el hombre con tono educado.
− Sí, no te preocupes Fill. Gracias –Rick dio un hondo suspiro − Bastará con que canceles el vuelo a Egipto que tenía previsto para esta semana. Di que me siento indispuesto si alguien pregunta.
Bonito blog desde ya te sigo^^!
ResponderEliminarBesitos(:
Jolines, con lo chuli que tiene que estar Egipto :( en fin, te importa si me quedo por aquí? :)
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