Voy a la cocina arrastrando unas pantuflas grises por el frío mármol y me preparo un café. Me siento en un taburete alto. A mi alrededor una luz grisácea envuelve la cocina y parte del comedor. Aún no he corrido las cortinas. Me acerco al único ventanal de mi apartamento, un rectángulo de cristal de dos metros de alto por uno y medio de ancho, y tiro de unos hilos. Se acciona un sencillo mecanismo y los parches de tela que separan la realidad de la burbuja en la que vivo se separan. Fuera hace un día plomizo.
Me acabo de acordar de algo cuando la cafetera escupe un líquido marrón sin apenas espuma en la discreta taza color hueso que le había puesto debajo. Me lo bebo en dos tragos y siento el primer calor de la mañana descender por mi garganta. Dejo la taza en el fregadero y me acerco a la puerta.
Como siempre encuentro el "Daily Telegraph" debajo, encajado en el estrecho hueco que hay bajo ella.
La noticia de portada es otro asesinato. y entonces me doy cuenta de que se ha unido otro caso al que ya di por mío ayer.
Vuelvo a mi habitación. Mis pies ya no se arrastran, ahora vuelan sobre la deslizante superficie. Cojo la pistola, la cargo con un gesto mecánico, me deshago del pijama y me calzo el uniforme de investigador.
Camisa blanca de cuadros marrones, tirantes para sujetar los pantalones grises y un sombrero para ocultar el rostro en momento de necesidad. Saco de un cajón la placa dorada que acredita mi cargo y la engancho en un bolsillo interno de la chaqueta.
La calle me recibe con una premeditada ola de frío matinal. Yo respondo con una tos seca, solo una, y tiro hacia la Warwick Square.
Ayer fue el preparativo de un caso, hoy es el día de resolverlo.
Ayer fue el preparativo de un caso, hoy es el día de resolverlo.
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