Ha llegado el día. Llevaba más de un mes, tal vez toda mi vida, esperando esto. Pero ahora que al fin está todo listo y dispuesto para partir, siento remordimientos.
Tengo dudas por las cosas que hice y no pude hacer, por las decisiones que no tomé y los pasos que no di. Ahora que al fin la libertad está al alcance de la mano y la felicidad más próxima que nunca, me siento más solo e inseguro de lo que jamás había estado.
Las maletas están junto a la puerta. Debo irme.
Me despido de mis padres sin gran ceremonia. Siempre he sido alguien sincero y directo y las cosas en los últimos años ya iban demasiado mal como para ahora ponernos melancólicos y fingir. Ellos se alegran de que me vaya, yo de irme, así están las cosas y cuanto antes lo vea, pues mejor.
Además, visto por el lado bueno, me independizo. Estaré solo, libre para hacer lo que quiera además de lo que deba, libre para salir cuando quiera y leer o escribir, mis mayores aficiones, cuando me apetezca. Podré ver la tele siempre que quiera y salir con mis amigos a la hora, sin tener que llamarlos porque a mis progenitores se les ocurra una tarea de última hora. Solo para joderme, porque no tienen otros motivos.
Mientras voy pensando estas y otras cosas, el tiempo pasa. Ya casi he llegado al aeropuerto, y la capa de polución que cubre Madrid, la ciudad que me vio crecer, aparece recortada en el cielo matinal como una sucia y espesa boina marrón. En Londres, a donde voy ahora, el cielo siempre está encapotado y gris, o al menos eso me han dicho, pero confío en que las famosas lluvias locales contribuyan a bajar la contaminación de la urbe británica al suelo.
Por el suelo estaban mis ánimos nada más salir de casa, pero a medida que me alejo del hogar en el que viví una película de terror perpetua y tan carente de alegría como de escapatoria, todos los recuerdos parecen borrarse, sustituidos por las nuevas sensaciones de una vida que está por comenzar.
Como dicen en algunas grandes obras, el hombre debe morir para que surja el mito. Yo aún soy joven para esas cosas, tan solo tengo dieciocho años para diecinueve, pero me gusta creer que algún día llegaré a algo. Mis padres nunca confiaron en que fuese capaz, pero su falta de fe en mí la sustituí yo con el afecto de los amigos y un optimismo innato que a día de hoy ha sido mi mayor y único respaldo.
Hemos llegado a Barajas. Paramos frente a la entrada del aeropuerto, con un enorme cartel en el que se puede leer “Salidas / departures” escrito con letras blancas.
El taxista para al fin el taxímetro, empezaba a darme miedo como subía el importe en aquella dichosa maquinita, y extiende una mano hacia mí.
− Ya estamos, serán cuarenta con cinco –dice con un tono carente de emoción.
− Aquí tiene –añado yo. Saco el dinero de mi cartera, negra, sin gran ornamento, y recojo el ticket que me ofrece después.
Hora y media más tarde me veo en la puerta de embarque. Sintiendo que la soledad será lo primero en golpearme al llegar a Londres, me pongo los cascos y dejo que la música me evada del mundo. Al menos así puedo engañar a la mente, que no al corazón, durante unos minutos y así sentirme más vivo.
El peso de la vida como es para los mayores va a caer sobre mí con toda su crudeza, borrando de un plumazo las fantasías vividas de adolescente y mostrando el mundo tal como lo ven los adultos. Supongo que es el precio a pagar por estar vivo, a medida que uno crece sus emociones, aspecto y personalidad cambian. Mudadas como las estaciones sobre la tierra o las hojas de los árboles que caen en otoño.
De pronto empiezo a escuchar una de mis canciones favoritas. Es Savin me, de Nickelback. En ella el chico le dice a ella algo así como que si ella se lo pidiese él dejaría su vida atrás y la acompañaría a donde fuese. Yo no tengo ninguna “ella” pero lo de dejar una vida atrás me encaja como un guante, lo que hace que me sienta identificado con la canción y me guste.
Es entonces, animado por las más simples de las terapias, la música y el pensamiento positivo, cuando alzo la mirada y me doy cuenta de que una chica de mi edad, bastante atractiva, se para con sus padres y su hermana ¡tiene hermana! a un par de filas de asientos de mí. Su mirada está fija en mí y cuando le sonrío ella me devuelve el gesto.
No sé porque he sonreído, porque mi ánimo ese día no era para echar cohetes, pero me alegra recibir una repuesta por su parte.
Haciendo caso omiso de varios asientos que hay antes de llegar a mí, que habrían hecho que se tuviese que dividir su numeroso grupo entre varias filas, ella se acerca y se sienta a mi lado.
Yo me quedo sorprendido por su reacción y cuando veo que su hermana también se acerca, seguida por el resto del grupo, me doy cuenta de que solo quedan asientos a mi izquierda y la primera de las hermanas está a mi derecha.
− Si quieres me muevo para que estés con ellos –ofrezco, apreciando ahora más de cerca sus rasgos.
− Vale, gracias –dice ella. Tal vez sea cosa mía, pero en ese momento me parece vislumbrar en su mirada un brillo especial.
Nos levantamos y nos cambiamos el sitio. He apagado el ipod hace rato, pasando a escuchar y ver algo mejor que la música.
Luego, tras unos minutos hablando, la debida presentación a sus padres, y hermana, pasamos a hablar de nuestros amigos, cosas que nos gustan… Hablamos y hablamos. Y al cabo de un rato yo me siento mejor.
He ganado nuevos amigos ya en el aeropuerto, lo que se confirma cuando nos pasamos el móvil con la promesa de volver a hablar pronto.
La soledad que me atenazaba en mi casa, que me quemaba en el pecho durante el trayecto en taxi, y que había navegado a la deriva en mi estómago durante el recorrido por el interior del aeropuerto, ha desaparecido por completo.
Si fuese navegante, sería el momento de decir: ¡Ponga rumbo a una nueva vida, capitán!
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