Cada paso de la criatura retumbaba como el rebotar de una enorme roca en la ladera de una montaña. Siempre en caída, resonante, salvaje. El ruido que hace la misma muerte al acercarse.
Las antorchas que infestaban su guarida, su cárcel, proyectaban sombras y luces que danzaban en una constante lucha por la supremacía. ¿Luz, oscuridad… quién ganaría aquel eterno enfrentamiento? La naturaleza parecía no decidirse nunca por ninguna de las dos. Ambas necesitaban de la otra para vivir.
La bestia lo sabía bien, mientras salía del cobertizo que el mismo había construido hacía años bajo el laberinto, resopló. Un aire caliente y espeso surgió de sus dilatadas fosas nasales, creando una nube de vaho.
Sus fornidos músculos se tensaban y destensaban a cada nueva zancada, acompañando el movimiento de su voluminoso cuerpo.
Faltaban menos de dos horas para que el humano que habían escogido los humanos para acabar de una vez por todas con él llegase a su hogar.
Hacía años que aquello no le importaba. Un héroe, una virgen más… los niños eran lo peor. Detestaba que enviasen a aquellas inocentes criaturas ante su presencia. No por lo que les pasase, que era absolutamente nada, sino porque la gente que los enviaba al laberinto creían hacerlo a una muerte segura.
Su padre lo había repudiado desde el momento de su nacimiento. En realidad ni siquiera era su verdadero padre. Pero ver el odio en el ser que debía cuidarlo lo hirió como un lanzazo directo al corazón. Zeus había dejado preñada a Europa, la mujer del Rey Midas, su padre adoptivo, y él había nacido de aquel encuentro que jamás debería haber tenido lugar.
Ahora estaba solo, hundido en las entrañas de la mayor prisión ideada por el hombre. A veces dudaba de si las paredes eran reales o ficticias, creadas por su mente para refugiarse del dolor que aquel ultraje le había provocado.
Giró un recodo y encontró una capa de piel tan grande que bien podría haber sido una alfombra. A su lado descansaba una maza, grande y gruesa como un hombre.
Una risa sarcástica, entre abatida y furiosa, nació de las profundidades de su alma. No llegó a aflorar a la superficie, pero se quedó en su boca. La saboreó como si fuese una bocanada de arena y luego golpeó con un puño la pared que tenía a la derecha. La milenaria estructura resistió, pero una nube de polvo gris se despegó de ella. Tenía la consistencia de una telaraña mugrienta.
Los ingenuos soldados que invadían la tranquilidad de su hogar creían que aquellos instrumentos que utilizaba para moldear la tierra y esculpir cada retazo de su penuria eran armas, pero nunca lo habían sido, no dejaría que se transformasen en otros iconos más de la violencia del mundo exterior.
Se echó la capa sobre los anchos hombros y apoyó la maza sobre un hombro. Sus poderosas astas rozaron otro muro, despegando una capa de mugre de ellos. Cogió una antorcha y la clavó en tierra como una señal. Hora de preparar el campo de batalla.
Pasó el tiempo que tenía que pasar y escuchó un fuerte barullo que llegaba hasta sus atentos oídos arrastrado por el aire. Teseo… ese era el nombre del elegido aquella vez.
En el pueblo que había creado ya hacía años, en la bahía a la que llevaba el pasadizo por el que había reaparecido en la superficie del mundo, se alegrarían de tener un nuevo vecino. Si todo iba bien no sería necesario pelear. Pero los corazones jóvenes son tan volubles e ilusos. ¿Cómo iba a resistirse un simple mortal al premio de la fama y el honor… al reconocimiento de toda la sociedad de la que formaba parte?
Oculto entre las sombras, el minotauro aguardó al momento oportuno y entonces apareció delante del hombre que respondía al nombre de Teseo. Para ser un héroe no era nada del otro mundo. No era especialmente corpulento, ni alto, tampoco desprendía ningún tipo de magia.
El hijo de Zeus y Europa en cambio era una criatura mágica. Erguido sobre sus extremidades de toro le sacaba más de medio metro de altura a su rival y era casi tan ancho como el corredor en el que se habían encontrado.
− Ha llegado tu hora, monstruo… Pagarás con tu vida por cada vida que has sesgado. Hoy les daré a las Parcas un hilo más que cortar –dijo el hombre.
Al menos era valiente. A pesar de su tamaño, insignificante ante la legendaria mole mitad hombre mitad toro, tenía coraje y sentido del deber. Tal vez no fuese tan necio como había esperado.
− Tu error es creer lo que te han contado, mortal –dijo el minotauro. Su voz, que no había tenido que usar desde el momento en que dejó la bahía y a sus habitantes, sonó ardiente como una pira y poderosa como el paso de los años.
− ¿Mi error? ¿Qué sabrás tú de errores? ¡Tu nacimiento es el único que yo conozco, bestia!
− Grandes palabras para alguien de tu tamaño, Teseo.
El hombre se lanzó contra el minotauro y su espada hendió el aire que los separaba. La maza lo detuvo. Fue como si sencillamente hubiese golpeado el tronco de un árbol. No obtuvo resultado alguno. La criatura apoyó ambos brazos en su maza.
− ¡Basta de palabreo inútil! ¡Cuando salga de aquí cargaré con tu cabeza y todos me tendrán por un héroe. Pasaré a la historia como el que derrotó al temible monstruo y tú pasarás a ser un simple recuerdo.
El minotauro no dio muestra alguna de haberlo oído. Se limitó a golpearlo con un relampaguante tortazo de su formidable mano y luego, antes de que el humano pudiese recuperarse, lo aplastó contra la pared, impidiéndole respirar.
− ¿Palabreo inútil? ¿Sabes lo que es vivir aquí durante más de mil años y despertar cada semana sabiendo que al final del día encontrarás nuevas vidas mirándote como si las fueses a sesgar? Escúchame bien humano, porque no pienso darte una segunda oportunidad.
Teseo forcejeó, pero al fin se dio cuenta de que no había nada que pudiese hacer. Solo el brazo de su adversario en más grueso que su torso completo.
− De acuerdo, de acuerdo, lo haré. Pero relaja la presión… por favor… vas a matarme.
− Debería hacerlo después de tus últimas palabras, pero no lo haré. Antes quiero que veas quién, qué, soy en realidad.
Los ojos del minotauro eran como pozos de una oscuridad insondable. Ni siquiera la luz de las antorchas se atrevía a reflejarse en ellos. El pelaje marrón que cubría su cuerpo oscilaba con su respiración.
Tras un instante, Teseo se rindió por completo, tiró la espada a un lado, lejos de él y se abandonó en manos de la criatura. Su rostro reflejaba pesadumbre y decepción.
− Supongo que ya me habrías matado de haber querido.
− Estás en lo cierto.
El hijo de Zeus y Europa soltó al humano, que cogió una bocanada de aire. Con tanta urgencia lo hizo, que el humano estuvo a punto de ahogarse, pasando de un extremo a otro. Casi había muerto por falta de aire y ahora se le atragantó el exceso.
La bestia a la que había acudido a matar, que al final había resultado ser tan humana o más que él mismo, lo guió durante casi una hora por interminables pasillos y recovecos ocultos. Lo insorteable a su lado se convertía en un sencillo pasatiempo.
− ¿Qué es eso? –preguntó de pronto mirando un hilo dorado que corría por el suelo, perdiéndose en la distancia.
− Era para no perderme y encontrar el camino de vuelta –confesó Teseo –Me lo dio Ariadna para ayudarme a encontrar el camino de vuelta a casa.
− Entiendo… −dijo el minotauro con voz monótona –Así que ahora los dioses también están en mi contra…
− Solo ella que yo sepa… por si te sirve de algo –dijo Teseo, esperando que sus palabras ayudasen en algo a la criatura.
− Que tú sepas… claro. ¡Los mortales pecáis tan a menudo de orgullo! –el minotauro soltó un hondo suspiro –Lo único que sé es que no sé nada… ¿Lo habías oído alguna vez?
− Sí, claro –contestó el hombre.
− El hilo se ha roto, pero no te preocupes… yo te ayudaré a encontrar la salida después. Por cierto, es aquí –dijo de pronto la criatura deteniéndose ante una roca sin nada de especial que ocupaba el camino.
Teseo parecía sorprendido por el hecho de que su hilo se hubiese roto, pero no dijo nada.
Cada paso de la criatura retumbaba como el rebotar de una enorme roca en la ladera de una montaña. Siempre en caída, resonante, salvaje. El ruido que hace la misma muerte al acercarse.
El supuesto héroe caminaba a su lado, con un enorme bulto cargado al hombro.
− Aquí termina tu viaje, humano –dijo el minotauro.
− Gracias por todo. Siento lo que te dije al principio –repuso el hombre –Ese pueblo, la ciudad que has construido allá abajo… es increíble. No sabes el alivio que supone para mí saber que ninguna de esas personas ha muerto entre tus pezuñas –añadió con una media sonrisa.
− Enséñales la cabeza que te he dado. No apreciarán la sutileza de la magia que la ha creado y la confundirán con una real. Serás un héroe, como querías, y yo seguiré con mi solitaria existencia en este laberinto.
− No minotauro, el héroe eres tú –dijo Teseo.
Entonces dio media vuelta y el sol lo cegó por un instante cuando volvió a la realidad. Luego se elevó el estruendo de miles de voces coreando el mismo nombre…
Teseo!!
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