Su vista baja un momento, arrastrada por el peso de un recuerdo, y encuentra el brillo nacarado del agua. Los rayos que proyecta el sol como jirones de tela en el aire se reflejan ella, creando ondas y dibujos de mil significados. El mar comparte la agradable calidez del atardecer, contagiándose de ella pero brindando el placer de su vista únicamente a los que tienen el tiempo suficiente para detenerse a admirarla.
Los labios del chico se separan y escapa un suave suspiro. El aire salido de sus pulmones se aleja de su cuerpo creando una neblina grisácea y luego se mezcla con el aire de la atmósfera, ya más frío, escapando a su visión.
- Hora de irse -murmura. Se gira deprisa hacia el interior de su hogar y se pone unas zapatillas que encuentra bajo el camastro de madera y plumas.
Ha llegado la hora, el sol y la línea del horizonte se han encontrado, el brillo anaranjado del choque alcanza las casas de la costa en Lucerna, inundando las paredes de vivos colores. Algunos mercaderes aprovechan para cerrar sus comercios, mientras que los últimos caminantes recogen sus ganas de paseo llevándolas de vuelta a sus hogares. Todo queda en calma.
- ¡Adiós mamá! ¡No me esperes, volveré tarde!
- De acuerdo Eristeo, enciende la candela de la entrada cuando salgas, te ayudará a guiarte de vuelta. La voz de la madre le llega desde la cama del cuarto contiguo, donde reposa desde hace dos días por una afección sin importancia pero que la mantiene postrada y algo débil. El médico dice que descansando se curará en unos pocos días, de no ser así él jamás la dejaría sola.
- Así lo haré, hasta luego.
Sale del que es su hogar desde hace dieciocho inviernos con paso ligero, casi trotando sobre los adoquines de piedra y cerámica que cubren las callejuelas principales de la ciudad.
Está contento, hacía ya un mes que no bajaba a la bahía como consecuencia de su iniciación en el arte de la espada con Alcmenón y la echaba de menos. Cuando uno se aleja del ambiente salubre del mar que lo ha visto crecer lo siente en la propia alma. Es como un garfio de pura necesidad que tira de ti hacia tus orígenes sin darte escapatoria.
Tuerce un par de calles a la derecha y se escabulle sin aminorar el paso por una tercera más estrecha. está llegando al final cuando ve pasar a dos hombres fornidos al otro lado. Llevan los aceros desenfundados y gesto hosco. ¿Piratas? ¿En la bien protegida Lucerna? ¡Imposible, alguien les debe haber facilitado el paso! Y sin embargo ¿quién?
No hay tiempo para elucubraciones, su pie golpea por accidente un fragmento de cerámica caído en el trasiego del día y lo manda rodando a un metro, casi al lado de los hombres.
Se giran hacia él como uno solo y una mueca lobuna transforma sus rostros.
Desarmado y en desventaja física las cosas pintan mal...
¡Muy interesante, buen comienzo, la verdad es que lo dejaste con intriga, la suficiente como para seguir queriendo leer más!
ResponderEliminarSaludos y gracias por avisarme de la publicación.
Igualmente, gracias a ti por leerlo.
ResponderEliminarHola! :)
ResponderEliminarHace unos meses me pasé por aquí pero entre tantas cosas que tenía por hacer y tantos blogs por visitar no lo había leído.
Acabo de leer los relatos que tienes publicados y de verdad me encantan todos, escribes muy bien. ¡Sigue así!
Besos desde Pensamientos De Adolescencia y Sollozos En Mitad Del Bosque.
PD: Espero verte por mis blogs. ;)