Hacía tan solo un mes un regimiento de soldados de la Guardia Real formada por unos trescientos hombres había llegado al galope a la linde de su campamento. Pedían, bueno, esa no es la palabra exacta pensó. Aquellos refinados y blandengues soldados le habían exigido que abandonase su poblado y con él a sus guerreros, por supuesto. ¿Su respuesta?
Su sorprendente respuesta fue que no haría pagar a sus hombres por el hecho de estar reunidos, que si alguien debía pagar, ese era él, puesto que los había unido a todos con el fin de crear una ciudad propia. Que aquel poblado de renegados no suponía ninguna amenaza por sí sola. Pero lo que a los soldados del Rey le había hecho gracia, a él sencillamente le dibujó una mueca burlona en su morena tez. Obviamente la disimuló como era debido y volvió la vista atrás buscando un apoyo en la banda que sabía de antemano que tenía.
Aquellos hombres acostumbrados al trato de la corte no habían sabido ver que tras sus débiles palabras se escondía una amenaza mortal.
Al afirmar su marcha de aquel lugar haría que el rey, Zandor Blackwind, se calmase y relajase su control fronterizo, lo cual a la larga supondría el fin de su reinado. Entre tanto, Aunsiter Wildglow, el general renegado, marcharía a las bárbaras tierras del Norte, en las cuáles habitaba una raza de hombres más poderosa y sabia que la que todos habían tomado hasta ahora como civilización y la uniría a su causa.
Tras un par de años volvería con una avanzadilla de aquella raza, llamada Degón, y llamaría a la guerra a sus soldados proscritos.
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